Cualquiera sabe ya

Cualquiera sabe ya que el hombre es sólo un organismo
de profundas,
tornadas convicciones en frívolas permanencias de hipopótamo,

en transplantes oscuros repulsando escalofríos.

No obstante, a veces, su estructura vibra,
se tambalea en manifestaciones de proximidad a conjunto
o por singular síntoma
de simple res                  hipocondríaca.

Cualquiera puede suponer su situación de no suicidio,
sus tolerados vínculos
aunque diplomático caracol consienta
idolatría en trámites sumisos
                              cuando añade
constitución al individuo
                          como suave siervo ser sociable.

Y no obstante, a veces, con precisión fulgura,
esplendor restablece si renovado actúa,
o se conforma en confortables
                             butacas donde
digestivamente reacciona
en arquetipo              y muere.

Mas acaso cualquiera en réspice abandone
sus estancias nimbadas de héroes muertos,
                                         la flor
cuyo plástico decora el tibio jardín de su costumbre
porque química, entonces, mente accione
desconcertados periplos para sospechar
                             y arriesgue
                             y la memoria del hombre
aliente
       sin retrógrada, ni cristiana, ni trascendente
creencia
                          que lo justifique.

Sin darnos cuenta

Todo el metal de la vida
resplandecía en sus ojos,
todo el óxido arraigado
oscurecía los míos.

                        Sin darnos
cuenta

de los bajorrelieves
   las yuxtaposiciones
   los claroscuros,

del pulso conquistado tras la larga noche
de asedio
         brotó la alquimia.

Hubo saqueos, muertes violentas, suicidios,

soledades.

         Retroceder 
es imposible, sólo avanzar
se podía
        ...A nuestra espalda,
               abandonadas,

inertes yacían nuestras vidas.

Alienta los ciclamores

ALIENTA los ciclamores, amor, que vengo
herido por el tiempo y la durmiente
hojarasca
que a la vida rehúsa y que tus ojos,
como dos lentos bueyes, negaron.

Temiste
ante la fronteriza mirada
que los límites del poniente dispersa
por tus adorados fragmentos,
por el ámbito inmóvil de los gestos
cautivos en los pérfidos retratos
y que tus manos
con clasicismo cuidan
y del olvido guardan.

Alienta los ciclamores, amor que mueres.

Cómo podría, amor, amarte

¿CÓMO podría, amor, amarte
sin que la luz filtrada dañe
la dulcedumbre de tus párpados cerrados?

Mejor sería viajar muy lejos que quedarse
aquí ante la imagen, acostumbrado
al tacto monótono cursivo
o al cadencioso ritmo de tu cuerpo y la idea
fluctuada;
si aquí tan sólo un breve desasosiego,
un crujido de lúnulas tocándose,
un conjuro
reiterado e inútil, dispersa
los papeles,
este silencio en tus manos habitando los mapas
que vela un mundo fragmentado,
oscila
una tenue vía hacia la trémola hojarasca revuelta
de tus macilentos ojos
reposados

que a os labios
la lluvia evoca.

La cabeza rodada
desde la cama a la alfombra.

Donde pétalo arrebol efluvia inmarcesible

DONDE pétalo arrebol efluvia inmarcesible
de boca abierta en cascada de labios
que desesperadamente sucúmbeos
se unen
y donde florece beso en cristal nublado
al ojo hasta cegarlo con el ansia cargada
de ansia insatisfecha,
como allega
marea silente a punto de naufragio,
anhelaba anegarse.

Murió en el acto.

Epístola

Óscar, Luis, Lauro, Francés, amigos:

Preso me hallo en esta región que Alquimia
             llaman.
Alguna ve suena un motor, no lejos,
que nunca se detiene para abreviar mis ojos,
indiferente a las hondas y al humo
que sobre el horizonte, a solas,
como dios olvidado
                  se deshace.

Hay un fondo de lluvia detrás de las miradas,
un indicio de naufragio
por cada gesto,
un trazo oblicuo
que contraría las frentes erguidas y doradas
y que hasta las piedras
han temido, han rehusado en el desplomo
                                       su contacto.

Ya no pienso en la huida. Apenas hablo. Tan sólo
escribo. A veces
recuerdo.

Al atardecer, cuando a este alto subía aquella
cuyo color del cabello ha sido
para mí más dulce
que el tráfago naranja del ocaso,
yo declinaba junto a la luz poniente
de la tarde y sus ojos sobre la hermosa yerba
            crecida, sobre las hojas, incitando
al metal de la cadera, al tibio labio
                         que me sobrecogía;

mas ahora las noches por solitarias
son frías
...y alguna vez desde que ya no viene
siento la vida de la que soy
reflejo,

fragmento,

humo al olvido.

Fue un lento resbalar y seco el golpe,
que sonara a bulto hueco entre las rocas,
un lento, lentísimo desprenderse
desde la parte alta
                   y quebrada de la torre.

Yo la vi.

(Me acechan).

Seré el siguiente.

Podíase oir

PODÍASE oír, de haberte oído, 
una extraña persistencia en los ornatos,
en los tráfagos vitales
profundamente
y hubiera sido aquel rumor lacustre,
que tanto amaste entre las sienes,
la desconcertante huida 
a las estatuas,
cuando apreciables por el pulso le fuese
hallada la corriente, sonora, un instante
bajo la exhausta o lírica vaguedad del humus
al tacto estremecido
en el pensamiento inmóvil;
y aunque acaso, tan sólo, habría,
si cerrados los párpados, temblorosos, bastado,
para apresar el espacio en que soltar
                               solías
esa fragante conjugación 
esbelta y monótona de la cúpula,
con la alucinada delicadeza del metal de una hoja
simulando trémula
una muerte lenta en su caída
                            o con aquellos
otros lúdicos contornos cuyos bordes dorasen
una sonrisa que siempre,
a quienes ya cómplices
entrañan,                     responde;

tú retienes la voz porque te esperan.

Todo está aquí —decías—
e irónicamente coronabas la testa.

Tarde lenta de los trenes

TARDE lenta de los trenes en la estación caída,
del tiempo desprendido de la triste elocuencia,
o leve tarde de lluvia que monótona incendiase
de suave color tus ojos declinantes o de aroma
para ti la trémola hojarasca,
un crujido más próximo al ocaso, bajo el túnel
de los melancólicos almezos, como eufonía
secreta que buscara un fin entre los pasos
perdidos en la tarde, lenta, los mercados
diversos que el humo perpetúa.

Fueron las clámides morir intempestivos,
como ataviados de luces que resultaban extrañas
a los cuerpos, allá por los tugurios donde hacían
sonar desnudos sus vientres los narguiles,
los altavoces sus ecos sostenidos
por obtusas callejas
de la multitud rodada hacia los puentes,
heridos por los dorados de las altas cúpulas

y que no sabían

del olor
devenido sutil del metal de las hojas,
de la ciudad, ya parte inmueble en la memoria,
yuxtapuesta e inmóvil, fotográfica y sepia,
un nombre o un gesto como recuerdo lejano
                no sé
si de la vida,
si humareda volátil al fondo con algo de lluvia,
de lentos trenes como míticos saurios echados
al sopor de las redes, cadentes de la fresca alquimia,
de tu mirada intermedia entre dos regiones,
                                    una sucúmbea.

Vuelvo los ojos al sur donde quedaste,
donde dulce quedó el empeño, el totundo
desmayo de las lámparas posadas vagamente
sobre el herético metal de las hojas
descondicionadas,
presagio de un tiempo del que si fuiste
no soy pues era
                de otra vida
                            y heroico
como si amaras.