La joven espera

La joven espera: ella es lágrima
que apaga poco a poco
su cálido cuerpo de mujer
apenas deshojado.

Ella espera silenciosa,
la tierra abierta ante sus pies,
mientras tejen su corona mortuoria
los del frío trono de Mordor.

Veintisiete años, dulce primavera,
y la ausencia de la vida
la entreveo esta noche en mis ventanas
que gimen por las lluvias del invierno.

           (Veintisiete años, dulce primavera
           y la furia de Dos
           empieza a terminar con mi paciencia).

Hoy la luna me ha mirado a los ojos

Hoy la luna me ha mirado a los ojos
y me ha abrazado
con sus dos estrellas de nácar.
Hoy, la voz de las amapolas
se ha quebrado en mis oídos
como un junco de terciopelo
en la rivera del sueño.
Hoy, un gran pájaro de fuego,
con el sol a sus espaldas,
me ha devuelto el rumor
de la brisa remota.
También hoy el jazmín y el azahar
estuvieron presentes,
y las nubes erigieron un nombre,
blanco e inmenso,
sobre mi frente desnuda.
Hoy, en la soledad del silencio,
con la luna enraizada en mi cintura
y una voz amiga entre las manos,
he sentido cómo la noche me llama,
y me inunda, y me ciega.

Hoy, las sombras aún parecen más bellas
a la luz de tu sonrisa.

Itinerario de amor

(a C.R. con el viento)

I

Acariciando levemente el recuerdo
con tu cristalina sonrisa,
apareciste ante mi sombra,
ante una sombra desgastada,
y desangrada,
ante un abismo de sueños y silencio.
Tus ojos
–nerviosas gacelas–,
emergiendo de la tierra,
se erigían como llamaradas
de nácar.
Tu nombre corría por mis labios,
preñándolos de luz,
derramándose sobre el tiempo,
sobre el horizonte.
Y entre mis manos,
al rozar tu leve silueta,
la Primavera se me abrió
aún más bella.

II

El azahar bañaba nuestras sienes
mientras la noche paría
un esbozo de luna llena.
Nuestros labios se miraron frente a frente
desgranando el adiós entre sus manos.
Yo quedé allí,
en aquel viejo andén
–en el mismo andén de siempre–,
sintiendo cómo tu silueta
se perdía en el horizonte,
cómo la niebla te devoraba,
mientras el tiempo
–amontonado en mi muñeca–
machacaba mi frente contra la noche,
contra el cristal opaco de la distancia.
De mis ojos cayó una lágrima.
Me encontré de nuevo
a solas con mi sombra,
y volví a mi casa,
en donde me esperaban el silencio
y tu ausencia.

III

¡Qué lejos parece ya todo!
Ya las gacelas se ocultaron
en lo profundo del bosque
de la ausencia;
ya aquel adiós es impalpable,
apenas una sombra;
ya el azahar no envuelve mi cintura,
y la luna no es más
que una turbia lágrima en el cielo,
en mi frente.
Pero a pesar de todo,
tu recuerdo aún me azota
como un tropel de olas,
como un mar embravecido,
mientras el tiempo, impasible,
sigue tejiendo distancias
con sus manos de vértigo,
con sus manos de sombra.
Y ya, todo tan lejos,
no queda más que espera,
infinita, casi eterna;
ya no quedan más que sueños,
una silueta imprecisa
y el deseo de que algún día vuelvas.

A ciertas horas

De pronto llegaste
atravesando lluvias de insomnio,
en la luz erguida de tus ojos,
y mojé mis manos abatidas
en el agua fugitiva de tus muslos.

De pronto el frío se mordió el cuello
porque tú llegabas esparcida en el aire.
Era el tiempo del puño macerado
y la arena terrible acechando el verso;
era el tiempo de la soga y la cuchilla,
la úlcera en los ojos y el callejón del miedo.

Pero tú de pronto llegaste sin aviso,
como una carta inesperada,
giro de gaviota que anuncia el mástil,
y la soledad se arrugó las faldas
quebrándose la frente contra todas las paredes.

Llegaste de pronto,
cuando más se ahondaba
la grieta implacable en mi pecho,
y borraste de un soplo
la llaga insoluble que arrasaba mis labios.

Pero amor, mi amor de cera y viento,
de pronto resbalaste
en el perfil de mi ventana,
y fuiste como ese pedazo de luz
que a ciertas horas fulge, un instante apenas,
en las estancias más remotas de la memoria,
para luego sumirse todo en noche confusa.

A ciertas horas, amor;
lo demás, yo solo,
desgranando sombras.

Inventario de ser

   Porque estás hecha en carne,
te percibo.
Porque es tu cuerpo tangible
y se erige en carne ante mis ojos,
te conozco.
Porque en tu bóveda corporal
se constela un soplo de razón
que te hace única y distinta,
tengo conciencia de ti.
Porque no sé si eres alguien
que tropezó con el aire
y vino a caer por donde
yo pasaba o devenía;
porque sé que eres imperfecta
y que no eres casi nadie,
–casi nadie: tú; y me bastas–,
te reconozco.
Porque estás como dando vueltas
pareciéndote a muchos otros;
porque nacida en mi mismo cielo
no lo supiste hasta encontrarme,
te nombro en verso.
Porque al darte razón de ser
me das razones para la existencia,
te amo.
        Sin adverbio.
                     Hasta siempre.

A una mujer que me musitaba cosas al oído

A su voz y su palabra

Luzbel, ¿me amas?
Escúchame, no lo siento;
mírame cómo trato de tocar
tus palabras de amor
recién compartidas,
cómo me esfuerzo
en descifrar tus miradas
empapadas de dulzura.
Mírame con qué candor
recojo del pendular viaje
tus manos en celo,
con qué delicado tacto
trenzo mis huellas
a lo largo de tu cuerpo.
Pero no me siento ser amado;
me siento yo no sé qué,
algo que me zumba
en el pecho
y llama a mi puerta
casi todos los días.
Bienamada, ¿me estás amando?
Ya no me lo digas,
espera que la tormenta
escale mi cabeza
y me nuble los sueños.

Pero ya no me digas
que me amas.
Yo no lo siento.
Mas no te inquietes,
no te anegues en la sombra
como gacela asustada,
no desvanezcas
con el súbito tronar
de mis palabras
duras como golpes marinos:
confío.
Me atorbellina
una querencia
que me adiestra
en el arte de amar.
Acepto el riesgo
y no sé por qué
escribo en los
paneles de mi alma
que sí me amas,
que vas hilando
amor, amor, amor
muy despacio,
como un día tuyo
y otro mío convividos
hasta forjar un lecho
en las estancias de lo uno;
que me estás amando
hasta arroparme el corazón
y arrancarme el frío
de un súbito beso
tan puro como mi ansia
de hacerte el amor
hasta los huesos,
de abrirte el pecho
y encontrarme,
allí, diminuto,
compartiendo tu pulso
y mis últimos sueños.

Palabra y acto

   –Así hablaba el poeta:
"Dioses olímpicos,
descended de vuestros dorados tronos
y ved, taciturnos y envidiosos,
cómo reluce el cristal de mi frente.
¡Contemplad, oh dioses
que gobernáis al desgaire
las leyes divinas y humanas,
este nacimiento inaudito;
podéis derribar de un soplo a un hombre,
pero jamás venceréis el ímpetu de un poeta:
él os escupe en la cara,
desgarra en jirones vuestras purpúreas túnicas;
él arroja al lodo y a la indiferencia
el laurel y el mirto
que ostentáis con arrogancia,
y descubre el velo que oculta
vuestro miedo ancestral y podrido..."

   –Así hablaba el poeta,
desconocido y solo,
observando, conmovido y absorto,
cómo su sombra ejecutaba, estricta,
los encendidos gestos de su mano y su palabra.
A solas, desafiante y henchido:
mas no hubo nadie, –salvo su sombra,
que asintiera prorrumpiendo en aplausos;
ni labios que propagaran su palabra,
ni manos que secundaran su acto.

De nuevo escucho tu voz

De nuevo escucho tu voz,
surge de pronto contigo,
fundida a tus labios,
inesperada, súbita.
¡Es la misma de antes,
y vuelve de nuevo contigo!
Mas tú no eres la misma,
aunque el mismo vestido de rosas
cubre tu cuerpo,
aunque los mismos tacones finos
bajo tus pies te alcen,
aunque el mismo collar de nácar
rodee tu cuello.

De nuevo gritas mi nombre,
enloquecida, frenética.
Agitas los brazos,
los elevas sobre los árboles.
Ya llegas, levantándote
sobre la tarde.
Siendo casi.

Vienes de nuevo,
joven, dispuesta a entregarte,
a confundirte, a reconocerte
bajo mis brazos, sobre mi tierra,
entre mis aguas,
plena de ansia y deseo.
Pero tu luz de antes
se torna sombra ahora.

Huyo de ti,
de tu cuerpo nuevo,
de tu andar tan grácil,
de tus cabellos leves.
Y marcho a otro tiempo
donde tu recuerdo
no se me aparezca
con un hacha enmohecida,
donde borrar mi nombre del suelo
sea también extinguir
la llama de tu voz
Mas ella viene de nuevo contigo,
y tus labios la llevan,
y tu aliento la expande.

Te vas, 
y yo me quedo solo,
abrazando distancias vacías, brumas.
Besando memorias, tiempos,
labios de ausencia, rostros de humo.
Dices adiós
y yo me quedo solo,
remontándome a tu primera caricia,
a tus ojos primeros.
Pronuncias mi nombre,
                    te alejas,
                              te disipas:
                                        desapareces.