Agua

El orín en las flores de hojalata
adquiere un tono líquido, asesino
de manos, de relojes, de banderas
de vidrios reflejadas en las fuentes.

Abrid compuertas dando paso al aire
impuro en las olas grises como témpanos
abiertos en la flor del manantial.

Muerte… Muerte. El amor subiendo a flote.

Silencio; ved el agua, madre y cenit,
anegar los perfiles de la sombra
hecha jirones de sol como labios.

Y el agua cubre todo en un segundo.

La mano queda hundida y un nenúfar
emerge sólido, sereno, libre.

Muerte vertical

   Vertical.
             Vertical me muero solo.
La brisa juguetea –mariposa–
con los pábilos consumidos, negros.
Horizontal te sueño tal la noche.

   Arrecife lejano son tus brazos,
coral inalcanzable, fugitivo, 
bahía perfumada, Colibrí
en torno de tu cuerpo blanco soy.

  Como náufrago busco tierra firme.
He inundado el océano de espermas
sucumbiendo a tus manos en ojiva.

   Hacia arriba me rompo de repente,
inexplicable muerte vertical,
y se escapan las sombras encefálicas.

Cuchilladas de sal sobre los ojos

Cuchilladas de sal sobre los ojos
cerrado. Duerme el día (duerme el sueño
sagrado del océano). Revientan
palomas como nubes de susurros.

Seguir, seguir… Seguir siglos de sed
saciada hasta en el tallo de la flor
–escapando a la sed ocre de arcilla–.
Dibujar el perfil de los naufragios.

Si nadie sueña ya con la palabra,
si amar no significa tantas cosas
como uno podría imaginar,
renacerán –entre dedos de espuma
quebrada por el eco de la noche–
los cuerpos con olor a laberinto.

Silencio

Y al fin reina el silencio.
Pues siempre, aun sin quererlo,
guardamos un secreto.
(G. Celaya)

Nada el mediodía (mudas olas de oro).
Van callando gritos, mentiras, deseos.
Los sueños de seda se rasgan la luz.
Cantan las hormigas, muertas de esfuerzo.
¿Dormirán los labios? (secreto inasible).
Se me caen las hojas en tropel. Bordeo
la costa insondable del silencio virgen
buscando sonrisas (quizás las tuyas). Muero.