Lluvia obstinada

Lluvia obstinada
que apedreas mis cristales
sin cesar.
Tantas cosas me recuerdas...

El silencio en la ciudad
entrado ya el otoño.
El silencio en su palabra
y sus piernas que no andan.
El sonido que no suena
de un amigo que no llega,
y el poema del poeta
que no brota, que se muere.

Lluvia en la ventana
de mi casa solitaria:
resbalo contigo hasta el abismo.
De pronto me recuerdas a la muerte
y deslizo con ella los sentidos;
y en lo hondo,
el silencio de nuevo en mi sonrisa.
                
                Ya no llueve;
                y la lluvia en mi ventana
                me traslada
                a tu ausencia tan ausente.

Ahora sí que otra vez
empiezo a entrever la soledad
en los oscuros rincones 
de mi casa.

Ahora sí que otra vez
me rodea
el olor de las ausencias.

En mis dedos solamente la pluma
y en mi vista
las naranjas amarillas del invierno.

                Como la música que oigo,
                las traiciones desgarradas
                se amontonan en mi mente.

                Gorrión solitario en el tejado
                mi corazón se deshace en lágrimas piadosas
                y allá donde brillaban esperanzas
                tan sólo adivino esta tarde el desconcierto.

No es posible,
no es posible que otra vez
se repita el soliloquio.
Ni que vosotros,
aristócratas de los sentidos
y elegantes artistas,
volváis a cubrir de negro
las transparentes fontanas de mi alma.

No es posible que acudáis a las andadas
y me dejéis atrás en vuestra cita.

                Las seis de la tarde reina en mi casa
                sin embargo
                y en las piernas y en la boca de mi madre.
                Y desde entonces lo imposible
                ya no existe
                y aunque a ti te tengo
                tu ausencia me recuerda no tenerte.

Ahora sí,
ahora sí que otra vez
—Mar del Sur—
mi corazón necesita poseerte.

Son las lluvias

Son las lluvias,
las primeras lluvias del invierno
las que han dejado tan frío mi jardín.

En él he sentido esta tarde
la tristeza y la agonía,
y a través del agridulce olor de la tierra
he podido entrever de nuevo
la senda solitaria del estío.

El invierno que se acerca
ha mantenido oscuro esta tarde mi jardín.

Lo he notado en mis cristales
y en tu ausencia,
en sus árboles llorosos
y en el recuerdo de tu cuerpo
tan lejano.

Ha sido el invierno que ha llegado
y las primeras lluvias del solsticio
los que han dejado tan fríos
esta noche
mi alma y mi jardín.

Luminosa la noche

Luminosa la noche transcurrida,
cuando al alba
de nuevo me penetra.

Aristócratas hablándome
de amor y poesía,
de tristeza y de Dios.
Aristócratas diciéndome
poemas absolutos
y versos sin fronteras.

       Y de pronto,
       el único resquicio insatisfecho
       quedó inundado de ti.

       Apareciste.
       Jovial y amante a la vez.
       Reflejada en el iris de mis ojos
       como silueta marina en el ocaso.

Qué luminosa la noche ha transcurrido
cuando al alba
escribo este poema,
               y cómo me duele la mañana
               cuando siento despertar vuestras ausencias.

La joven espera

La joven espera: ella es lágrima
que apaga poco a poco
su cálido cuerpo de mujer
apenas deshojado.

Ella espera silenciosa,
la tierra abierta ante sus pies,
mientras tejen su corona mortuoria
los del frío trono de Mordor.

Veintisiete años, dulce primavera,
y la ausencia de la vida
la entreveo esta noche en mis ventanas
que gimen por las lluvias del invierno.

           (Veintisiete años, dulce primavera
           y la furia de Dos
           empieza a terminar con mi paciencia).