Mujeres con pañuelo

Quiero llorar sin nadie el resto de la noche.
(Rafael Alberti, «El Adefesio»)

Van andando entre las palomas de la plaza grande
de la ciudad de Buenos Aires,
comentando entre sí, la voz dejada tenuemente,
adormecida,
el precio de la fruta, del pescado o de esa nueva
bebida refrescante,
el sueldo del marido que no alcanza,
el colegio del niño donde aprenden
unas vagas nociones sobre el arte,
la nación,
las glorias del pasado
o el honor de los muertos heroicos de una guerra prevista.

Comentan entre ellas
caminando por las duras baldosas de la plaza grande
de la ciudad de Buenos Aires,
lo que cuesta la vida finalmente
con una espada de hielo en la garganta.

Ya no levantan su vuelo murmurando
las palomas de la plaza grande de la ciudad de Buenos Aires,
no se inquietan ante el paso
de la larga comitiva que busca sus recuerdos,
comprendieron por fin que es otro ciclo
tercamente repetido cada jueves
y se hicieron a ello como al sol o a la lluvia
o a las botas lustrosas del verdugo.
Se acostumbraron,
como uno se acostumbra a estar alerta.

Llevan viejos retratos amarillos
colgando de sus pechos muertos
relicarios de niña, de anciano, de varón,
por si alguno, detrás de los altos ventanales del palacio
de la plaza grande de la ciudad de Buenos Aires,
se levanta un buen día dispuesto a dejarlas sin memoria.

Eran trozos de vida, sabedlo,
irrepetibles como el gozo en penumbra o el primer beso fugitivo,
con su nombre de persona, con su palabra de persona,
con su mirada, sus sueños, sus maneras:
y pasearon también, se hicieron fotos, sin duda,
cualquier domingo
junto a las palomas inmortales de la plaza grande
de la ciudad de Buenos Aires.

Pero ahora, sabedlo, es preciso saberlo,
son mudos escapularios de esperanza sin respuesta,
testigos infinitos de que hay jueves con nubes,
o lluviosos, o de niebla junto a las farolas amarillas
de la plaza grande de la ciudad de Buenos Aires,
mientras ellas, las de siempre,
con un pañuelo de amor en la cabeza
recuerdan entre sí
–¿o no es así la vida?–
la última subida de la fruta
lo que cuesta un pisito en Chacarita
o aquella vez –¿te acuerdas, niña?– que oyeron a Gardel
en vivo, muy en vivo,
lo de… «el día que me quieras…»

A manera de epístola censoria

Amigos Lauro, Óscar, Juan Luis, Javier, Enrique:

Me habéis mandado unos versos para que los lea y os haga un prólogo a esta segunda entrega del cuadernillo Poemar. En verdad que me ha sorprendido bastante, no ya por el hecho, ya de por sí insólito, de encontrar un puñado de jóvenes poetas perseverantes, sino porque hayáis tenido la consideración de pedírmelo a mi que soy lo que Fernando Quiñones me dijo un día: de la poesía secreta.

De todos modos, os tengo que decir que me ha ocurrido con vuestros versos lo mismo que cuando veo una flor todavía cerrada: me emociono. Tanta posibilidad de belleza, de perfume, de color encerrados en la cápsula claustral de la corola y que, poco a poco, por la sola querencia de la vida, se abrirá a los aires legítimos del mundo. Así me parecen vuestras voces, tan distintas, cada una con su carga de vida, abocada al asombro y a la eterna soledad del que descubre su voz entre gritos y silencios. Sin embargo, vuestras voces se asemejan, responden a idéntico deseo: hacer de vuestra experiencia personal, experiencia comunicable, para así, asociaros con los hombres, vuestros comunes aliados, vuestros carceleros ignorantes.

Poco más os puedo decir, sino que habéis comenzado la aventura sin fin de la palabra, pero eso ya lo sabéis. De cualquier forma, cuidad la palabra siempre, porque es lo que queda, indeleble, acusador, cuando se ofrece a los otros como ofrenda. Y aunque los otros, nosotros, no sepamos la vida que costó, las horas angustiadas, las preguntas que no os respondieron o la muerte menuda que supone cada verso, vosotros no podéis sino laborar tenazmente por conseguir atrapar esa voz iluminada que convierta el común lenguaje de los hombres en bello objeto de conocimiento.

Por lo demás, que sigáis bien, es decir, que sigáis siendo distintos y semejantes, que améis vuestra cuota de limpia soledad, que sintáis el hondo abismo de la vida ante vuestros ojos desasidos, que cultivéis con diligencia todo aquello que los hombres desprecian de vosotros, porque esa es vuestra mejor identidad. Vuestra mejor libertad.

Lo dicho, poetas amanecidos. Gracias. Me habéis hecho un favor. Quedo con vosotros, amigos.

Sevilla, primavera del 83