Saltar al contenido

Prólogo

Damos noticias de un texto y de un contexto apropiados para establecer un diálogo con aquél que regresando de una ciudad olímpica, al preguntarle su habia visto allí mucha gente, respondió: Mucha gente, sí, pero pocas personas. Vamos a hablar con un hacedor antropológico capaz de derramar su amplitud de experiencia. Con aquél que en una ocasión exclamó: ¡A mi hombres!, y viendo que algunos acudían los espantó con su bastón diciendo: ¡Clamé por hombres, no desperdicios! Con aquél a quiénes los herederos de la encorsetada razón suficiente volverían a calificar de Sócrates enloquecido.
Una coloreada pedagogía de la vida, propia de un espíritu atalayador que resiste, sublevándose, desde y en la poesía, presidirá el ánimo de esta conversación.
Convergeremos en la senda de la ascética de la discusión y, emergiendo de las aguas del Leteo, cogidos con una mano al hilo ariádnico y con la otra al hermano rezagado. des-haremos el conjuro de un logos irreal y pragmático. Caminaremos entre las coordenadas de una nueva historia engendrada por una cultura en la cual el pensamiento y el lenguaje son Uno, a cuya puerta de entrada e la pregunta reflexiva que alienta la conciencia del sufrimiento. Disfrutaremos de una bella dicáctica que eleva la palabra, en tanto expresión de la autenticidad y de la verdad, a un contenido con rango moral. Porque en esta escuela aprenderemos a hablar siendo solidarios y, si no, ¡a callar!
Vamos a adentrarnos en la escuela de la autonomía, de la interiorización, de un espacio que lo es en un tiempo nuevo y que está ocupado por los amigos de un mirar viendo. Ahí viviremos con aquél que se acerca, se entrega y deja caer su voz como un soplo que airea nuestras gargantas. Con aquél que rompe filas acelerando el des-enfreno de la inquietud, del compromiso y del riesgo; que siente el vértigo de un ir y venir a contramano del fatuo flujo del dinero. Porque en esta candela, que es su escuela, el fuego es el otro fuego explicativo.
Antonio Medina de Haro es, aquí, el nombre para el hombre. Y, al nombrarlo, reconocemos el carácter moral de todo auténtico nombrar. Nombrarlo es manifestar gratitud y gozo por por su paideia vital; expresar gratitud y gozo por su Ser-Maestro; aprender a querer y a respetar ¡sin temor! Por ello, si alguna vez cae preso de la debilidad del amor y pretende alejarnos de él para salvarnos del dolor de su dolor, volveremos a nombrarlo diciendo lo de aquel discípulo griego: ¡Pega! No encontrarás un palo tan duro que me aparte de ti mientras yo crea que dices algo importante.

Publicado enColección PoemarEl hombre perdido

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.