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Por fandangos

Por un almendro he sabío
que las apariencias engañan:
daba muy blancas las flores
y las almendras amargas,
lo mismo que tus amores.

Todos vivimos siempre —y ésta es la razón de nuestra existencia— preguntándonos mil cosas: ¿quién soy? ¿por qué he venido? ¿por qué esto es así y no de otra forma? ¿qué sentido tiene la vida?, etc… (al fin y al cabo las preguntas de la filosofía existencialista). Pues bien, bañados en ese mar de contradicciones, vivo sin vivir en mí (Sta. Teresa), soledad sonora, entender no entendiendo (S. Juan), está el contenido fundamental de nuestras vidas.
¡Ay de aquél que no se pregunte nada! Es está muerto. Y mira que es difícil, y el colmo de las preguntas, la que se hacia J. Paul Sartre después de haber montado todo un número en busca de la libertad, se cuestionó… ¿para qué quiero yo la libertad? Y es que, desde la más alta princesa hasta la que pesca en ruin barca, todos arrastramos nuestra duda, nuestra rebeldía sobre el comportamiento de la vida con nosotros. Se dice que dos negaciones son una afirmación, pues igual que de la discusión sale la luz, del vacío salen los contenidos. Hay que juntar mucho vacío para resultar lleno. Hay que errar muchas veces para encontrar la verdad. Es mucho el camino que, cada día, hemos de recorrer para encontrarnos con el final del túnel, sin miedo, libres, ligeros y descargados del falso fardo humano. Yo creo que hemos de vivir la ascética de la discusión, del inconformismo.
Hay que confundir el mar con el trigo, la noche con la mañana, la calor con la nevada, y seguir el inconcebible error de aquella paloma que tantas veces se equivocaba.

Publicado enColección PoemarEl hombre perdido

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