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La «muestra» de mi maestro

Cuando era niño, mi mayor ilusión era encontrarme con las palabras escritas en la pizarra con las que el maestro me esperaba todas las mañanas en la escuela. Era un encuentro con la lectura, con la interpretación. Era el encuentro cariñoso con la comunicación entre mi maestro y yo… ¡Quizá la única entonces!
Ya siendo niño, sentía el deseo de coger las palabras y hacerme su amigo. Franklin fue el inventor del pararrayos: estas fueron las palabras de aquella muestra que me hizo feliz una mañana. Aquel día pensé por primera vez en lo de inventor. Especulé como niño, discutí conmigo mismo, eché la palabra al océano de la lengua y me di cuenta del poder de relación y creación que tenía aquella palabra.
Yo creo que amando la palabra se enamora uno de la verdad. Por eso, desde niño nunca mentí (hice otras cosillas…). Siempre he visto en la expresión, en la moralidad, el momento en el que damos a luz el fruto del matrimonio significante-significado. El hombre pone a prueba sus virtudes con aquello de ¡palabra de honor! Aunque se dice: scripto maner verba volat —lo escrito permanece, la palabra vuela—.
Tan cierto lo uno como lo otro, aunque éstas y otras cosas me hacían hablar solo cuando yo era niño… Mi placer es hablar, jugar con la palabra, poner a prueba mi capacidad de hombre verdadero, minuto a minuto, en la conversación. Si recordamos a Cervantes y nos preguntamos ¿por qué gusta?, yo respondería que por su propiedad en la palabra.
Y si hay que identificar autenticidad con palabras, qué fue Cervantes sino víctima de a verdad y maestro de la honradez… Yo desde niño leía el Quijote, y no me he arrepentido. ¡De verdad!

Publicado enColección PoemarEl hombre perdido

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