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Tarde lenta de los trenes

TARDE lenta de los trenes en la estación caída,
del tiempo desprendido de la triste elocuencia,
o leve tarde de lluvia que monótona incendiase
de suave color tus ojos declinantes o de aroma
para ti la trémola hojarasca,
un crujido más próximo al ocaso, bajo el túnel
de los melancólicos almezos, como eufonía
secreta que buscara un fin entre los pasos
perdidos en la tarde, lenta, los mercados
diversos que el humo perpetúa.

Fueron las clámides morir intempestivos,
como ataviados de luces que resultaban extrañas
a los cuerpos, allá por los tugurios donde hacían
sonar desnudos sus vientres los narguiles,
los altavoces sus ecos sostenidos
por obtusas callejas
de la multitud rodada hacia los puentes,
heridos por los dorados de las altas cúpulas

y que no sabían

del olor
devenido sutil del metal de las hojas,
de la ciudad, ya parte inmueble en la memoria,
yuxtapuesta e inmóvil, fotográfica y sepia,
un nombre o un gesto como recuerdo lejano
                no sé
si de la vida,
si humareda volátil al fondo con algo de lluvia,
de lentos trenes como míticos saurios echados
al sopor de las redes, cadentes de la fresca alquimia,
de tu mirada intermedia entre dos regiones,
                                    una sucúmbea.

Vuelvo los ojos al sur donde quedaste,
donde dulce quedó el empeño, el totundo
desmayo de las lámparas posadas vagamente
sobre el herético metal de las hojas
descondicionadas,
presagio de un tiempo del que si fuiste
no soy pues era
                de otra vida
                            y heroico
como si amaras.
Publicado enPoemarPoemar 6 y 7

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