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Podíase oir

PODÍASE oír, de haberte oído, 
una extraña persistencia en los ornatos,
en los tráfagos vitales
profundamente
y hubiera sido aquel rumor lacustre,
que tanto amaste entre las sienes,
la desconcertante huida 
a las estatuas,
cuando apreciables por el pulso le fuese
hallada la corriente, sonora, un instante
bajo la exhausta o lírica vaguedad del humus
al tacto estremecido
en el pensamiento inmóvil;
y aunque acaso, tan sólo, habría,
si cerrados los párpados, temblorosos, bastado,
para apresar el espacio en que soltar
                               solías
esa fragante conjugación 
esbelta y monótona de la cúpula,
con la alucinada delicadeza del metal de una hoja
simulando trémula
una muerte lenta en su caída
                            o con aquellos
otros lúdicos contornos cuyos bordes dorasen
una sonrisa que siempre,
a quienes ya cómplices
entrañan,                     responde;

tú retienes la voz porque te esperan.

Todo está aquí —decías—
e irónicamente coronabas la testa.
Publicado enPoemarPoemar 6 y 7

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