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La lluvia

                   El cielo quebrado es ya una ruina de sí

lo vemos abandonarse   lo vemos surcado de grietas que se bifurcan
inexorablemente hacia el vientre de a bóveda de nuestro firmamento sin
estrellas   lo vemos    allá arriba   fíjense   en las alturas universales
de su inmensidad vulnerada  viciado de túneles remotos  como laberinto
de líneas   como maraña profusa sobre el hielo infinito verificando
irrefutablemente una certera ley de catástrofes  lo vemos  vemos el
óxido en los resortes decrépitos de la vieja estructura celestial iniciando
a desmoronar en una lenta degeneración de millones amarillos de minús-
culos insectos  certificando una confusión de líquidos rotos  insis-
tiendo de gerundios el ritmo infausto  los avatares sombríos de nuestro
inextricable destino de aguaceros   hemos de verlo  sí   tras el desgaste
y el polvo  desgranado en la insuficiencia   insostenible en su fatiga
original  postergado a los presagios inequívocos de la cúpula fracturada
que trazada de límites comienza a derramar sus enormes láminas de
cristal  se desprenden  se renuncian  se encabalgan en nosotros por
la misma inercia de su desastre  se incorporan a la noche y al aire y en
cada salto hay un suicidio  un sopor de nuestro asombro un devolver-
nos a la costumbre oscura de hallarnos aquí parados  estáticos  con-
templando la danza de segmentos  el cielo salpicado de ausencias  esta
esdrújula vorágine mayestática que ahora se precipita hacia nosotros
abriendo la densa atmósfera como una plancha de metal lo haría en el
agua  de idéntica forma  superficies de vidrio se arrojan al vacío para
anunciarnos el inicio unánime de una manifestación inapelable

                   es la lluvia

                   ha comenzado a llover

caen las rígidas hojas de vidrio  caen unas tras otras como lunas de sal
o pañuelos de piedra  caen  definitivamente  en rotundo  en absolu-
to  en los añicos de la integridad malograda  en la miseria de nuestras
verdades de peregrinos  caen sí  como palomas de barro  como peces
de porcelana  como ya lo adivinamos en el instante último en el que un
acaso desvanece su vigencia de humo para dar entrada al genocidio
anunciado  a los certeros vaticinios en los que yace la tendencia antigua
por la luz fatal  cuando el cloruro y el sodio y los ojos  cuando las
cegueras núbiles y los eclipses terribles  cuando por mirar no podíamos
creer que esto fuese cierto  tan cierto como el olor a salitre en la ropa
mojada  tan cierto como esta fiesta nefasta de papeles aéreos  tan cierto
como este crepitar monótono de aves alborozadas en los declives irremi-
sibles de la fragilidad maltrecha  mientras desiste el empeño del orácu-
lo  mientras jamás terminaremos de rendirnos a la evidencia de este
diluvio de ácidos que prorrumpe en un estrépito incontenido de lluvias
finales  ah  anegando nuestros corazones metropolitanos de cemento
húmedo y otoños nublados en los que cae cae el aguacero irresoluto de
nuestra mísera condición.

                   y llueve    sí

está lloviendo sobre la ciudad  sus edificios  sus avenidas  sus pla-
zas   el inútil entramado de calles vacías  llueve sobre la arquitectura
de los hombres  los escombros de la historia  el asfalto saqueado  llueve
un viento áspero y sucio  llueve sobre mojado  llueve  sí  está lloviendo
sobre nosotros en tanto un polvo minucioso atraviesa el mercurio y el aire
hasta agarrarse a nuestros pechos de congojas   hasta filtrarse en las
arterias y en las células  en esta forma nuestra de ver impasibles el agua
y el cristal resbalando por los contornos de nuestras soledades

                   y la boca se nos llena de un mar de cetáceos atragantados
                   y qué
                   y qué sino contemplar con desarraigo esta lluvia llorosa  la
reiteración congénita  los vértigos propios de los espejos  la escarcha corriendo
en canales por las aceras por los husillos los desagües las alcantarillas que
alguna vez creímos inagotables  por el mismo útero de podredumbre de
esta ciudad agotada y ahogada de reminiscencias  de la herencia de un
caldo de animales defenestrados de los que sólo nos llega el rumor de los
incendios cuando se quiebran los fanales en as reverberaciones putrefac-
tas de sus cuerpos sin vida de cadáveres inertes  en os rescoldos del lastre
pretérito de este fuego sacro de vergüenzas que vomita la historia a
nuestras espaldas  en el fragor de las chicharras de arcilla perseverando 
torrencialmente las voluntades horadadas por el miedo lacustre   las 
creencias desarmadas  las manos que no abarcan más que un palmo  la
belleza imposible de un rostro que no conoce los estragos nubíferos de
esta niebla de nubes lluviosas  porque está lloviendo  qué carajo  está
lloviendo de verdad   llueve sobre nosotros y el cielo se nos cae a peda-
zos  llueve a jirones que estallan al tocar el suelo y que salpican un
enjambre de esmeraldas amorfas  llueve  lo vemos  llueve imperturba-
ble sobre los que contemplan o que nunca tuvo remedio.

                   la tormenta
                   los designios
                   las desgracias con nombre de mujer

la pena legítima  el tiempo irrevocable  la maleza de vasos rotos que
brota bajo los pies  este reguero de pedazos desprendidos como señal
inequívoca de que fuimos nosotros  precisamente nosotros  los que
miramos al cielo en el remanso inverosímil que precede a la borrasca
intuyendo la aritmética mortecina de una imagen que se va desocupando

                   sí
                   lo vemos
                   allá arriba   fíjense

vemos la concavidad célica poblada de agujeros definitivos  la
muchedumbre de vidrios delatando el infortunio  el chasquido del cris-
tal  lo vemos  sí  vemos la anemia urbana  los resquicios del hormi-
gón  las enormes catedrales urdidas en las aguas líquidas  vemos los
estigmas de los años ácueos  las calamidades de la memoria  la pulmonía
de cuarzos que nos devuelve a nosotros  a esta triste encrucijada de ca-
lles   a esta esquina arreciada por la intimidad del invierno   esta
alfombra blanca de hielo picado cubriendo de frío y humedad el paisaje
derruido  las construcciones abatidas que denuncian la profusión de los
torrentes


                   aquí mismo acá  ahora ciertamente  nosotros  sin escupir
a los charcos  acatando el rigor de la intemperie  bajo el agua húmeda
bajo el cristal quebrado

                   es la lluvia
                   está lloviendo


Publicado enPoemarPoemar 6 y 7

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