LA lentiluz de la tarde en otoño inunda
y anda proclamando indeleble el tiempo
del cuerpo envuelto
                     en su fanal efímero.

Atardece.

Tu delgadez de campana en su último eco,
               lúnula crustada en la memoria,
es después de haber sesgado
esa pequeña yerba
levemente crecida   en la cintura cimbreada
lo que me queda sonando
cuando un transcurso inexorable nos escarba,
nos abre un cauce
o nos cierra el párpado obsesivo
                                que es lúnula
                                       campana.

Veo el mundo complaciéndose en sus vueltas
con sin sentido caracol umbilical
                                  rodando muertos,
 se evoca una luz irónica
tristemente despeñada
por la cuneta por la que resbalan y pierden
los que ya no somos,
esos muertos íntimos que se suceden
con su peculiar sonrisa y su mirada.

Atardece.

Y apenas, desde su reino lacustre,
          la delgadez belleza
casi río abandonado en su orilla,
casi luz extinta,
                 resonando aún
como eco,
como desprendido metal de la cadera,
que ya no es
            sino fanal efímero,
muerto rodado.

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