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Itinerario de amor

(a C.R. con el viento)

I

Acariciando levemente el recuerdo
con tu cristalina sonrisa,
apareciste ante mi sombra,
ante una sombra desgastada,
y desangrada,
ante un abismo de sueños y silencio.
Tus ojos
–nerviosas gacelas–,
emergiendo de la tierra,
se erigían como llamaradas
de nácar.
Tu nombre corría por mis labios,
preñándolos de luz,
derramándose sobre el tiempo,
sobre el horizonte.
Y entre mis manos,
al rozar tu leve silueta,
la Primavera se me abrió
aún más bella.

II

El azahar bañaba nuestras sienes
mientras la noche paría
un esbozo de luna llena.
Nuestros labios se miraron frente a frente
desgranando el adiós entre sus manos.
Yo quedé allí,
en aquel viejo andén
–en el mismo andén de siempre–,
sintiendo cómo tu silueta
se perdía en el horizonte,
cómo la niebla te devoraba,
mientras el tiempo
–amontonado en mi muñeca–
machacaba mi frente contra la noche,
contra el cristal opaco de la distancia.
De mis ojos cayó una lágrima.
Me encontré de nuevo
a solas con mi sombra,
y volví a mi casa,
en donde me esperaban el silencio
y tu ausencia.

III

¡Qué lejos parece ya todo!
Ya las gacelas se ocultaron
en lo profundo del bosque
de la ausencia;
ya aquel adiós es impalpable,
apenas una sombra;
ya el azahar no envuelve mi cintura,
y la luna no es más
que una turbia lágrima en el cielo,
en mi frente.
Pero a pesar de todo,
tu recuerdo aún me azota
como un tropel de olas,
como un mar embravecido,
mientras el tiempo, impasible,
sigue tejiendo distancias
con sus manos de vértigo,
con sus manos de sombra.
Y ya, todo tan lejos,
no queda más que espera,
infinita, casi eterna;
ya no quedan más que sueños,
una silueta imprecisa
y el deseo de que algún día vuelvas.

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