Porque estás hecha en carne,
te percibo.
Porque es tu cuerpo tangible
y se erige en carne ante mis ojos,
te conozco.
Porque en tu bóveda corporal
se constela un soplo de razón
que te hace única y distinta,
tengo conciencia de ti.
Porque no sé si eres alguien
que tropezó con el aire
y vino a caer por donde
yo pasaba o devenía;
porque sé que eres imperfecta
y que no eres casi nadie,
–casi nadie: tú; y me bastas–,
te reconozco.
Porque estás como dando vueltas
pareciéndote a muchos otros;
porque nacida en mi mismo cielo
no lo supiste hasta encontrarme,
te nombro en verso.
Porque al darte razón de ser
me das razones para la existencia,
te amo.
        Sin adverbio.
                     Hasta siempre.

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