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A una mujer que me musitaba cosas al oído

A su voz y su palabra

Luzbel, ¿me amas?
Escúchame, no lo siento;
mírame cómo trato de tocar
tus palabras de amor
recién compartidas,
cómo me esfuerzo
en descifrar tus miradas
empapadas de dulzura.
Mírame con qué candor
recojo del pendular viaje
tus manos en celo,
con qué delicado tacto
trenzo mis huellas
a lo largo de tu cuerpo.
Pero no me siento ser amado;
me siento yo no sé qué,
algo que me zumba
en el pecho
y llama a mi puerta
casi todos los días.
Bienamada, ¿me estás amando?
Ya no me lo digas,
espera que la tormenta
escale mi cabeza
y me nuble los sueños.

Pero ya no me digas
que me amas.
Yo no lo siento.
Mas no te inquietes,
no te anegues en la sombra
como gacela asustada,
no desvanezcas
con el súbito tronar
de mis palabras
duras como golpes marinos:
confío.
Me atorbellina
una querencia
que me adiestra
en el arte de amar.
Acepto el riesgo
y no sé por qué
escribo en los
paneles de mi alma
que sí me amas,
que vas hilando
amor, amor, amor
muy despacio,
como un día tuyo
y otro mío convividos
hasta forjar un lecho
en las estancias de lo uno;
que me estás amando
hasta arroparme el corazón
y arrancarme el frío
de un súbito beso
tan puro como mi ansia
de hacerte el amor
hasta los huesos,
de abrirte el pecho
y encontrarme,
allí, diminuto,
compartiendo tu pulso
y mis últimos sueños.

Publicado enPoemarPoemar 3

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