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A ciertas horas

De pronto llegaste
atravesando lluvias de insomnio,
en la luz erguida de tus ojos,
y mojé mis manos abatidas
en el agua fugitiva de tus muslos.

De pronto el frío se mordió el cuello
porque tú llegabas esparcida en el aire.
Era el tiempo del puño macerado
y la arena terrible acechando el verso;
era el tiempo de la soga y la cuchilla,
la úlcera en los ojos y el callejón del miedo.

Pero tú de pronto llegaste sin aviso,
como una carta inesperada,
giro de gaviota que anuncia el mástil,
y la soledad se arrugó las faldas
quebrándose la frente contra todas las paredes.

Llegaste de pronto,
cuando más se ahondaba
la grieta implacable en mi pecho,
y borraste de un soplo
la llaga insoluble que arrasaba mis labios.

Pero amor, mi amor de cera y viento,
de pronto resbalaste
en el perfil de mi ventana,
y fuiste como ese pedazo de luz
que a ciertas horas fulge, un instante apenas,
en las estancias más remotas de la memoria,
para luego sumirse todo en noche confusa.

A ciertas horas, amor;
lo demás, yo solo,
desgranando sombras.

Publicado enPoemarPoemar 3

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