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A manera de epístola censoria

Amigos Lauro, Óscar, Juan Luis, Javier, Enrique:

Me habéis mandado unos versos para que los lea y os haga un prólogo a esta segunda entrega del cuadernillo Poemar. En verdad que me ha sorprendido bastante, no ya por el hecho, ya de por sí insólito, de encontrar un puñado de jóvenes poetas perseverantes, sino porque hayáis tenido la consideración de pedírmelo a mi que soy lo que Fernando Quiñones me dijo un día: de la poesía secreta.

De todos modos, os tengo que decir que me ha ocurrido con vuestros versos lo mismo que cuando veo una flor todavía cerrada: me emociono. Tanta posibilidad de belleza, de perfume, de color encerrados en la cápsula claustral de la corola y que, poco a poco, por la sola querencia de la vida, se abrirá a los aires legítimos del mundo. Así me parecen vuestras voces, tan distintas, cada una con su carga de vida, abocada al asombro y a la eterna soledad del que descubre su voz entre gritos y silencios. Sin embargo, vuestras voces se asemejan, responden a idéntico deseo: hacer de vuestra experiencia personal, experiencia comunicable, para así, asociaros con los hombres, vuestros comunes aliados, vuestros carceleros ignorantes.

Poco más os puedo decir, sino que habéis comenzado la aventura sin fin de la palabra, pero eso ya lo sabéis. De cualquier forma, cuidad la palabra siempre, porque es lo que queda, indeleble, acusador, cuando se ofrece a los otros como ofrenda. Y aunque los otros, nosotros, no sepamos la vida que costó, las horas angustiadas, las preguntas que no os respondieron o la muerte menuda que supone cada verso, vosotros no podéis sino laborar tenazmente por conseguir atrapar esa voz iluminada que convierta el común lenguaje de los hombres en bello objeto de conocimiento.

Por lo demás, que sigáis bien, es decir, que sigáis siendo distintos y semejantes, que améis vuestra cuota de limpia soledad, que sintáis el hondo abismo de la vida ante vuestros ojos desasidos, que cultivéis con diligencia todo aquello que los hombres desprecian de vosotros, porque esa es vuestra mejor identidad. Vuestra mejor libertad.

Lo dicho, poetas amanecidos. Gracias. Me habéis hecho un favor. Quedo con vosotros, amigos.

Sevilla, primavera del 83

Publicado enPoemarPoemar 2

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