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Fumaba entonces esos cigarros

FUMABA ENTONCES ESOS CIGARROS
sin filtro, cortos, los hilos
de tabaco agrio; la superficie del papel
tenía dibujos paralelos,
circunferencias grises o levemente azules.
Aquella tarde, durante horas,
los miré con atención, aunque no veía
más: era una mirada estática,
fija en un punto, en un vacío,
no se me ocurrió contar el número
de líneas o medir la distancia
entre ellas, averiguar otras cosas.
Ahora me es imposible
saberlo: fumo cigarros de filtro
naranja, el papel blanco sólo tiene
arriba una corona, las tres letras
del nombre. Hacía mucho
que te habías ido a la cama, y era ya
el atardecer, sin ruidos;
de espaldas al patio, sentado en el sillón,
yo pensaba en eso, en el silencio,
en los muchos silencios de la memoria:
era una imagen anterior, quizá de la tarde
pasada, en el servicio de un bar,
durante un encuentro de amigos.
Recordaba y quería enumerarlos,
comparar unos con otros. El de la noche
en tu casa, la mecedora, el búho,
cuando nadie pudo resistir
más tiempo y nos quedamos tú y yo
solos, y seguimos
así, sin hablar. O en el viaje,
a veces la llamada, con prisa, hacia la orilla
y luego los kilómetros,
los tonos de la tierra, las luces débiles
cuando se hace tarde. También
el punto fino de tu pluma
y las páginas rayadas, aunque si miro,
si estiro el cuello para mirar, pones
con rapidez la mano, protestas,
quejosa y en broma, como una niña.
Muy otro era aquel silencio, igual
sin embargo lo conozco; mi sillón parece
suspendido lejos
del sillón contiguo
y no me atrevo a extender
los dedos para comprobar que es mentira;
ideas banales se esbozan
sin detenerse, el cierre de la materia,
nada fluye entonces, su estancamiento,
su ser estéril; la culpa
está ahí, como el sillón, con los perfiles
limpios,los granos
en la tela, su color, pero también
distante, se carece de acceso.
Aunque lo reconocía, esa memoria
me era extraña; a repasaba,
como la tarde anterior, en el bar,
enumeraba sus hechos, podría
clasificarlos; en el cerco del aire
en torno a mí me iba a caer, con los cigarros,
el cenicero lleno sobre una silla próxima.
No hay ninguna acción.
Lo último tiene naturaleza
de corcho; puede repetirse o sucederse
una y otra vez sin cambio; no es
del pensamiento ni del tiempo; era eso,
ahora, esa espera. Seguía sin ruido
todo, no te movías allí, ni tenía sentido
desearlo; en tu presencia,
la inutilidad de recordar, la interrupción
del contacto; qué más hacía falta.
Pasó y lo evoco. Cuando renace
la palabra, soy feliz e incrédulo,
para nada disminuye mi convencimiento
de aquel fin, nunca pienso que estuve
en aquello equivocado. Sé dónde estuve,
ese exilio, no me amarga ahora
pero lo conozco,

Publicado enPoemarPoemar 6 y 7

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