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De «Bostezos de Salomón»

1

          De vez en cuando, tropiezo objetos
          que te evocan. Muy pálida, en sus fondos,
          tu imagen me captura algún instante,
          me enternece los labios y una rápida sombra
          al corazón acude como a la casa propia.
          Basta saber, quizás, que el signo del prodigio
          sea, por ahora, unas letras, o algo
          más inasible aún: varios compases
          en la tranquila tarde. Tu nombre
          de sílabas métricas, la alarmante fluidez
          con que todo ha ocurrido, lo demás,
          en fin, nada tiene que ver con esto,
          tan simple: tú, dormitando, perezosamente,
          en el interior impenetrable de las cosas.

Durante años, estuve íntimamente convencido de no haber escrito apenas poemas de amor. Luego —de hecho, fue un día concreto y evidencia asombrosa para mí— descubrí que había muchos más de lo que pensaba y, por si no fuera bastante, que el asunto ocupaba a sus anchas versos de meses completos. Poemas de amor —o pasión, deseo, abandono, indiferencia, desconcierto: la piel tiene extraños nombres —que quizás debería llamar poemas de amante, porque no hay ni uno que de más o menos cerca no se haya apoyado en una realidad palpable, aunque desde la barrera a veces, que todo hay que decirlo. Algunos tienen incluso argumento, cosa que en el tema no conviene nada, pero en fin. Pocos resisten la lectura actual, como si ya terminada la causalidad azarosa que les dio cuerpo hubiera acabado ala par el aliento —boca a boca— que los entibió y quedarán vacíos hasta de recuerdo. No siempre: Me gusta éste, que evoca aquellos viajes sedientos a Barcelona. Lo escribí al encontrar un libro que me había regalado en mejores días, pero sin la menor nostalgia: agradecido, más bien, aunque algo confuso, porque me di cuenta de que realmente le había querido. Dura lección.

2

Hace poco, recordando con un amigo en poema que escribí en Venecia («…Y ahora sé de qué deseo se trata / y cómo he de cumplirlo para siempre»), me preguntó muy interesado cuál había sido aquel descubrimiento fascinante. Yo le respondí la verdad: que no lo sabía. Si con eso quedaba más conforme, podía improvisar alguna respuesta lírica conveniente. Pero, la verdad, ni idea. Quizás no pensé nada, incluso, y ocurrió que las palabras se obedecieron las unas a las otras. O el verso dignificó el pensamiento. O este fue tan importante que, resuelto en vida, olvidé el texto del conjuro. Mi amigo me riñó bastante, temo que defraudado por lo que consideraba tocomocho de poeta. A mí no me inspira curiosidad, ni creo que aporte sustancia al poema averiguar qué quiso revelar en su momento. Las palabras tienen que trascender el miedo que las provoca para consolar a otros. Venecia, Sevilla, un espejo, otro, un deseo, los de ahora… No importa nada de eso. Son elementos de caza menor. El tiempo es otra cosa.

Estos fragmentos van dedicados a Pepe Luna, Mercedes Garrido
y Alejandro Luna Garrido. Amigos. Con gratitud.

Publicado enPoemarPoemar 6 y 7

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